El honor y otras antiguallas
Soy muy antiguo. No hace falta que lo diga, lo sé. Se nota de sobra.
Oir a alguien jurar por su honor que son ciertas una serie de falsedades, me desazona, me da vergüenza ajena, me solivianta. Si, encima, esas falsedades son conocidas de todo el mundo y al día siguiente alguien publica unas fotos demostrativas y datos y fecha y pelos y señales, entonces pienso que el jurador (o el mentiroso, que, aunque un poco mas suave, entra en la misma consideración) es tonto de capirote.
Me ha pasado con el difunto Presidente del Madrid. Me pasa todos los días con un montón de políticos, entre ellos, y en primer lugar, el Presidente del Gobierno.
El Presidente del Madrid jura que no conoce a sus amiguetes. El Presidente del Gobierno dice que la crisis se recupera en dos (o en diez, le da lo mismo, él de momento no se va al paro) meses.
El nuevo Presidente del Madrid actúa como si no hubiera sido Vicepresidente de la catástrofe ética y no hubiera estado de pié de figurón detrás del difunto, en una rueda de prensa que es un ejemplo de lo que no debe hacer una persona con un mínimo de dignidad.
Solbes sigue anunciando una crisis cada vez mayor (y no ha acabado) como si no supiera desde hace un par de años lo que se venía encima.
Corbacho, ex agitador sindical, cuenta como un éxito que no llegaremos a los 4 millones de parados. Sin el más mínimo dato que le justifique y dispuesto tranquilamente a decir otra cosa cuando superemos los 4 millones de parados.
Pero, bueno, ¿qué es esto? ¿Es que mis compatriotas, los tontos de los co... y los otros, están dispuestos a tragar carros, carretas, sapos, culebras y lo que sea, sin pestañear?
¡Qué tropa! Y ¡qué país, que un día era España!
